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La importancia de “conocerse para darse a los demás”

Hoy más que nunca, con el avance tecnológico incluido, que propende al individualismo, las personas están perdiendo el miedo a quedarse solas, y aprendiendo a convivir mejor consigo mismas. Lo cual, a priori, puede ser bueno por lo que tiene de deconstrucción para el amor apegado por el miedo, la inseguridad y la dependencia.

Pero la insatisfacción llega cuando un buen día alguien repara en que la ideología y la moral que hay detrás del individualismo son algo más que una reivindicación, y forman parte de la estructura básica de la realidad que construyen.

Entonces se generan personas incapaces de lo erótico (sólo establecen con los otros relaciones instrumentales) y del diálogo (lo dialógico se transforma en una lucha de poder); personas a quienes el compromiso, como vínculo y tarea de construcción de un amor, les será siempre ajeno, pues solo saben obedecer(se).

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Ya que la filosofía individualista ha tergiversado el aforismo griego de «conócete a ti mismo» (inscrito en el pronaos del templo de Apolo en Delfos en el siglo IV a. C.) sustentándolo en un nihilismo individualista repleto de expectativas de autosuperación que generan a la vez frustración y adicción en una ferviente masa de fieles que desean equilibrar su psique con eufemismos de lo que debiera ser un crecimiento y desarrollo de la propia personalidad. Lo que ha sido aprovechado por nuestro mercado liberal para ofrecer todo un conglomerado de coaches que con sólo añadir un adjetivo, según su especialidad, hacen el producto más atractivo ante la ausencia de base científica, absoluta o referente.

 

El producto es un coaching que juega a hacerse pasar por algo parecido a una ley científica, o al menos a tiempo parcial, limitándose a fraccionar a su antojo diversos postulados de las neurociencias, la filosofía o la psicología. Concluyendo en un batiburrillo de supuestos que no sólo no tienen ninguna base científica al fragmentarlos, sino que van en contra de prácticamente todo lo que sabemos gracias a décadas de investigaciones rigurosas y progresos en las diferentes ciencias humanas y sociales.

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Además de no tener solidez empírica, este tipo de coaching es en sí mismo muy peligroso: se infiltra en talleres de “transformación” y en estrategias para dinamizar equipos de trabajo, haciendo que las personas sobre las que se interviene sigan unas instrucciones basadas en ideas sobredimensionadas y puedan terminar peor de como empezaron. Inoculando la creencia de que la realidad es en esencia lo que uno mismo piensa; lo que alimenta una filosofía tan enajenada y egocéntrica que puede gustar mucho en ciertos sectores políticos y empresariales.

Todo ello junto con mecanismos que coartan la necesidad existencial de apertura al sentido, que buscan simplemente que seamos una persona rentable y no excitable, obviando que el sentido puede encontrarse pero no darse. Con una ideología sutil, que se va imponiendo silenciosamente y nos obliga, con una sonrisa, a aparentar una felicidad que no sentimos. Es el “felicismo”. Y cada vez gana más adeptos. Con un omnipresente “felicismo” en las redes sociales como síntoma de que ya no recordamos cómo buscar la felicidad y nos hemos contentado con aparentar esa búsqueda.

Para ello adoptamos cualquier tendencia que nos prometa bienestar, y mejor si se nos dice en inglés (coaching). Para seguir pareciendo felices, sin de verdad serlo. No asumiendo el sufrimiento como primer paso para acabar con él. Cercenando la existencia con falta de conciencia crítica cuando impiden asombrarse, preguntarse, comprometerse y apasionarse. No dejando abrirse. Porque en estos procesos de coaching no hay formación, ya que si realmente hubiera formación habría transformación y trascendencia; pero en estos casos la única posible formación es la deformación.

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Para estos coaches, cada uno de nosotros está llamado a una búsqueda personal de descubrir su finalidad propia, cada uno buscar su camino. Se trata del humanismo individualista provocado por ese simulacro del pensamiento de que un lema, una frase o una idea hace creer que se está pensando eso, cuando en realidad no se piensa eso sino que ha sido pensado desde el afuera. Foucault ya advirtió que nosotros somos lo que hemos llegado a ser y en gran parte lo que han hecho de nosotros. Estos procesos procuran hacer a uno un sujeto, pero si bien tú te crees que eres el sujeto, la persona activa que regula tu vida, sin embargo, tú estás sujetado, estás sometido a la figura que en ti han insuflado un sistema de costumbres, de roles, de normas, de principios ideológicos.

Procesos de subjetivación regulados por una ideología hegemónica del pensamiento positivo y la imposición del “felicismo” que tienden a la infantilización. Etimológicamente, el término infantil viene del latín infans que significa «el que no habla», «sin palabra». El infantil es el que no sabe construir mundos porque tiene incapacidad empática de relacionarse con el otro y de relacionarse con las cosas, porque al no tener palabra no puede crear mundo. Y lo que hacen es ser acríticos adoptando un lema que sustituye el pensamiento por lo escrito en el libro de moda de este tipo de coaching deformativo.

 

Y esta moda no sólo es el fruto de la pereza intelectual y el pensamiento débil: también son un producto de marketing que puede tener consecuencias nefastas para la calidad de vida de las personas y de las sociedades. Pero, además de todo esto, tiene implicaciones políticas que alimentan un individualismo exacerbado. Niega la influencia que tienen sobre nuestras vidas todos esos factores que podemos considerar como ajenos a nosotros mismos y nuestra voluntad, y puede dar paso a una mentalidad que nos ciega ante lo que ocurre a nuestro alrededor. Es parte de un tipo de pensamiento con implicaciones perversas en un planeta en el que el lugar de nacimiento sigue siendo el mejor “predictor” para saber la salud y riqueza que va a tener una persona a lo largo de su vida.

Bajo la defensa de lo individual, los problemas sociales desaparecen como por arte de magia, pero no porque se hayan ido, sino porque deviene tanto ensimismamiento que imposibilita el encuentro con el otro desde la empatía especular consustancial al ser humano. Ya que lo único que le interesa es la ideología del auto: la autosuperación, el autorrendimiento, el autoemprendimiento, la autoestima, la autoayuda, el autolidérate, el autogestiónate, el autoquiérete, el autotócate, etc. Creando individuos subjetivamente aislados del resto. En nombre de «llega tú a ser lo que eres, desarrolla todo tu potencial» lo único que potencia es un individuo incapaz de establecer vínculos.

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Con lo que el recogimiento en sí mismo se pervierte con una mala interpretación del autoconocimiento y deviene en un meterse en el ombligo de uno, olvidándose de todo y creyendo que el yo es la única fuente de dicho conocimiento. Desestimando lo que proclamaba Sócrates: que ese «conócete a ti mismo» es un conocimiento para hacer “polis”, para comunicar con los demás, para abrirse al otro, que se contrapone radicalmente con ese escapismo narcisista. Y con total impunidad postulan en metas individualistas el desencuentro y la banalidad de las relaciones afectivas.

Como ya hizo Sócrates, habrá que descubrir a estos nuevos sofistas que se limitan a dar respuestas enlatadas. Habría que exigirles, al menos, que no inhiban o parcelen los flujos consustanciales de generación del ser humano, que no los socaven con imposiciones ideológicas, que posibiliten caminos y no levanten tabiques, que no confundan la individualidad con el individualismo, que asombren y no frustren, que la utilidad no inhiba la identidad ni el nihilismo el sentido, que no den respuestas y preserven la pregunta.

 

Porque el verdadero «conócete a ti mismo» busca la profunda transformación de la configuración personal, de modo que lejos de creerse el ombligo del mundo y recogerse en la interioridad, sabe que la transformación es imposible si no es con los otros, a partir del nosotros y dentro del espacio público de la comunidad intersubjetiva. Porque es absurdo un posible conocimiento de sí como recogiéndose en una presunta interioridad que no sabemos dónde habita, como si en esa interioridad encontrásemos los secretos, cuando realmente no hay modo de conocernos si no es en el otro y a través del otro. La existencia es un ser con, para y en relación al otro. El «conócete a ti mismo» es aprender a integrarte en los demás, aprender a ser quién eres para poder formar colectivo y para poder crear vínculo con el otro.

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Somos un ser para el contacto y los lazos afectivos, lo que quiere decir inexorablemente que, si no entramos en contacto con los demás y nos vinculamos a algunas personas podemos morir (el peligro más extremo), desarrollarnos de manera deficitaria, social y hasta físicamente o, en el menor de los casos, sufrir emocionalmente por tener relaciones interpersonales inadecuadas y conflictivas. Somos animales de abrazos. Máxime cuando sabemos que el ser humano madura con la apertura hacia los demás, que el niño deja de ser niño cuando se da cuenta de que el mundo no se lo han puesto alrededor para servirle que es lo que sucede en ese proceso de infantilización regresiva.

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Por eso, si queremos encontrarnos con el amor, tenemos que atrevernos a salir del yo. Abrirnos a la exterioridad y no ensimismarnos. Descubrirnos en el abrazo del encuentro con los otros.

Sabiendo que la nueva forma de amor, o amor verdadero, tiene nueva cara y significado. Entiende la proximidad de dos enteros, y no la unión de dos mitades individualistas. Y ella sólo es posible para aquellos que consiguen trabajar su individualidad para transcenderse: conocerse para darse.

 

conocerse Juande Serrano

Psicoterapeuta Transpersonal en Experto en Parejas y duelo

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