La función del comportamiento no verbal: aunque no digamos ni una palabra, nuestro cuerpo habla

Los seres humanos constantemente nos comunicamos. Pero no significa que constantemente estemos hablando. Esto quiere decir que podemos estar en silencio y estar comunicando muchas cosas. Pero además, muchas veces enviamos mensajes sin la intención de hacerlo, y no me refiero al hecho de cliquear sin querer sobre el corazón de ME GUSTA en el perfil de Instagram de aquella persona a la que cotilleamos y que nos cae tan mal. Cuando enviamos un mensaje de forma no deliberada, quizás lo hagamos en forma de movimiento repetitivo del pie en la sala de espera de un hospital; o rascándonos la oreja cuando el vecino nos está contando algo que no nos interesa; o cuando nos sonrojamos por alguna razón; o cuando miramos al frente, con cara de póker al escuchar un incómodo comentario de nuestra cuñada. Sea como sea, nuestro cuerpo siempre está enviando mensajes al exterior, diciendo si estamos tranquilos o nerviosos, felices o tristes, aburridos o entusiasmados.

 

Nuestra especie está diseñada para la cooperación, así que nuestros cuerpos deben ser eficaces máquinas de comunicación, pudiendo hacerlo más allá de las palabras. Nuestros primos, los primates no humanos, no son capaces de hablar, pero consiguen coordinarse a la perfección a través de otros canales comunicativos. Lo mismo hace una manada de lobos a la hora de cazar. No se envían palabras, pero envían mensajes entendibles por los demás miembros y consiguen su objetivo.

Nosotros, los humanos también hemos heredado este sistema de comunicación tan eficaz. Cuando el bebé llora, cuando bostezamos, cuando golpeamos una mesa, cuando reímos, cuando aplaudimos, las palabras sobran, pero el mensaje es inequívoco.

Además, este sistema de comunicación, al que vamos a llamar Comportamiento No Verbal, lo que hace es expresar emociones y/o de actitudes. La elevación del labio comunica asco o disgusto, echar el cuerpo hacia atrás comunica que algo no nos gusta, hacerlo hacia adelante que algo nos interesa, aunque con palabras estemos diciendo lo contrario. Lo que supone que nuestro cuerpo es más fiable y sincero que nuestras palabras.

A la hora de tratar el tema del Comportamiento No Verbal, lo normal es pensar en el mundo de los gestos. Pero hay mucho más: la apariencia física, nuestra habitación, nuestro coche, las distancias, la elección de asiento, la mirada, la postura, nuestra expresión facial, el manejo del tiempo y, por supuesto, nuestros gestos, son los diferentes canales por los que comunicamos nuestros sentimientos y actitudes. Incluso la voz, no las palabras, comunicará nuestro estado afectivo.

Por otra parte, llevamos muy mal mantener nuestro cuerpo en silencio total. Cuando nos dicen algo que nos incomoda, solemos reacomodarnos en el asiento, o tocarnos el pelo, o juguetear con el sobrecito vacío de azúcar del café, evitando mirar al emisor. Es decir, la incomodidad que nos genera el comentario la expresamos de forma no verbal.

En este artículo quiero centrar la atención en esa necesidad comunicativa, insaciable, por parte de nuestro organismo. Para ello emplearé un ejemplo real y que al verlo decidí captar, pues ejemplariza claramente lo que pretendo decir cuando digo que nuestro cuerpo no sabe estar callado. Antes de abordarlo introduciré el término de gesto emblemático o emblema.

El gesto emblemático es aquel que se puede traducir en una frase concreta. Por ejemplo, rascarse la mandíbula no se puede traducir por un contenido verbal concreto, simplemente expresa cierto grado de activación o tensión. Pero hay otros gestos que sí sustituyen una oración.

Algunos emblemas empiezan a ser considerados como universales, como el gesto de las palmas abiertas hacia arriba (cuando comunicamos que no sabemos algo), pero otros son propios de la cultura donde se emiten. En el caso de la extensión del índice y el meñique (formando unos cuernos), el significado en la cultura china es muy diferente al nuestro. Allí se comunica amor hacia alguien, aquí todo lo contrario.

 

El gesto del dedo impúdico (mostrar el dedo corazón) tiene su origen en la antigüedad. En la Grecia Clásica ya hay referencias sobre dicho gesto, significando la acción de penetración anal sumisa por parte de un hombre homosexual, pues el dedo representaba el falo. A través del tiempo se ha ido transformando y consolidando hasta llegar a un significado de “fastídiate, jódete o fuck you”, cuyo uso es cotidiano y frecuente.

El dedo impúdico o peineta comunica malos deseos, desacuerdo y hostilidad. Por eso, cuando estamos enojados con alguien o algo, y si no podemos expresar nuestro enfado, es posible que suceda algo fuera de nuestro control: la filtración del gesto.

 

Paul Ekman

Hace tiempo, Paul Ekman y sus colaboradores observaron el fenómeno de la filtración mediante la experimentación. Para llegar a ese punto, decidieron realizar filmaciones sobre el comportamiento no verbal, en las que se sometía a situaciones muy frustrantes a varios estudiantes de psicología. Se fijaron que en muchas de las situaciones, de forma inconsciente, las personas frustradas tenían el dedo corazón extendido mientras la mano reposaba sobre la pierna. Posteriormente se fue comprobando que algunos gestos emblemáticos pueden filtrarse, algunos de forma muy sutil, pudiendo inferirse qué mensaje no se está diciendo,  y desearía ser expresado por la persona.

Lo que se está exponiendo no trata sobre la peineta explícita y consciente. Se trata de la ejecución de un gesto camuflada por otra acción o sin la intervención de la conciencia por parte del ejecutor del gesto.

En el siguiente GIF, podemos ver cómo se camufla el gesto, rascándose ante los improperios que está recibiendo por parte de la oposición política.

En esta otra imagen, el jugador ha recibido una pregunta-comentario que no ha sido de su agrado.

 

Introducido esto, volvamos al ejemplo al que me refería, intentando mostrar la necesidad que tenemos de expresar lo que sentimos. Como en cualquier discusión sobre un comportamiento, hay que explicar los antecedentes.

La situación es la siguiente: en la sala de espera de un hospital, un padre joven, con su hijo, están sentados. Algo más tarde llega una mujer joven. La cara inexpresiva del padre dejaba ver que no existía buena relación, pues además el saludo entre ambos es casi inexistente. El niño se abraza a la mujer de tal forma que se deduce que es la madre. Entre ambos padres no hay palabras. El padre está girado, pudiendo dar la espalda a la madre. El niño y la madre hablan y juegan. La cara del padre cada vez es más rígida y con la mirada al frente. Con todo esto, la hipótesis de salida es la de dos padres separados y con muy mala relación que, por el bien del niño, se implican en esa visita médica.

En la siguiente fotografía se muestra cuál es el mensaje silencioso que está enviando el padre, aprovechando el soporte que el dedo le ofrece.

Resumiendo, nuestro cuerpo siempre habla, aunque no se diga palabra alguna. Necesitamos comunicar y lo haremos, aunque no seamos conscientes de ello.

COPIB2Francisco Campos Maya

Psicólogo y Experto en Comportamiento No Verbal y Detección de la Mentira.

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