“Lo que me frenaba para no irme eran los ingresos fijos que llevas a tu casa a final de mes”

Mientras en Hollywood las mujeres se visten de negro en las galas y lanzan campañas  como ‘Time is Up’ o ‘Me Too’ para llamar la atención sobre la necesidad de la igualdad o denunciar el acoso sexual que han sufrido en el sector, otras, anónimas, sin repercusión mediática y sin recursos económicos, siguen enfrentándose al acoso sexual en el trabajo de una manera silenciosa, y casi siempre convirtiéndose en cómplices involuntarias de que estas situaciones se sigan produciendo.

Es el caso de la historia que os vamos a contar. A su protagonista la llamaremos Andrea. El motivo; porque es el primer nombre que se me ha venido a la cabeza y porque ella no se quiere exponer.

Andrea me llamó hace unas semanas. Se movía entre la desesperación y el desconsuelo. Nos conocemos desde hace muchos años, pero hasta hace unos meses no habíamos vuelto a coincidir. Quizás porque nos encontrábamos las dos creando nuestra empresa, cumpliendo nuestro sueño. Como otras tantas mujeres que al cumplir los 40 nos decidimos a dar el paso.

Andrea es una mujer muy guapa, no explosiva. Tiene esa belleza que sigue recordando la niña que fue. Es de esas personas a las que definiría como elegantes tanto por su forma de vestir como de actuar. Educada, con un cierto toque de tímida. Es de las que no se queja por no molestar. La crisis no la trató bien, y a como otras tantas personas la llevó a reinventarse. Y hago esta donación descripción para que os hagáis una idea de como es.

 

La siguiente vez que me la encontré me contó emocionada que la habían fichado para trabajar en una empresa. Seguía siendo autónoma pero tendría una seguridad económica a fin de mes. Estaba muy contenta porque además el trabajo le gustaba. El proyecto que había emprendido iba más lento de lo que ella esperaba, y con tres hijos y una hipoteca, necesitaba por encima de todo llegar a fin de mes. Así que le parecía que la vida le había hecho un regalo precioso poniendo este empleo en su camino.

La realidad con la que se encontró fue muy distinta a la que imaginaba. Su jefe y propietario de la empresa quería algo más de ella que no se limitaba a que cumpliese su actividad laboral. 

Me llamó perdida, sin saber qué hacer, qué pasos dar. Quería denunciarlo pero sentía mucho miedo, además de no disponer de recursos. Quería seguir como si nada hubiese pasado pero las lágrimas la invadían a cada momento. Era una verdadera contradicción todo lo que me contaba que sentía. Tampoco sabía muy bien qué decirle, cómo ayudarla. Podía sentir su dolor, su rabia y su impotencia al otro lado del teléfono. Estaba metida en un ciclón del que no sabía cómo salir ni cómo actuar para enfrentarse a él. 

Además de mostrarle mi apoyo, que en realidad solo se limitaba a escucharla, le aconsejé que fuese a ver a una buena amiga abogada. Y así hizo.

Poco después me llamó, y aunque seguía con el mismo lío y los mismos conflictos internos, tenía claro que quería dar visibilidad a su historia y darle visibilidad a un problema que existe, que creemos que nunca te va a tocar, y que destroza cada día la vida de muchas mujeres que por distintas circunstancias guardan silencio.

Esta es su historia, y no se me ocurre mejor momento que darla a conocer esta semana en la que conmemoramos el 8 de marzo y desde algunos sectores se hacen determinadas reivindicaciones olvidándose de poner soluciones reales a situaciones como las de Andrea. Olvidándose de que lo importante es estar unidas y ser valientes. Hay problemas que son de toda la sociedad, no sólo de una persona. Porque esta vez le ha pasado a ella, pero te podría pasar a ti, a tu hermana, a tu hija o a tu nieta. Mientras nos callemos, todos lo permitimos y protegemos a los acosadores.

Ni siquiera en uno de los bancos de imágenes más importantes que hay a nivel mundial he sido capaz de encontrar algo que refleje la situación que ha vivido. No hay fotografías del alma.

 ¿Cómo notaste que la actitud de tu jefe no era normal, que había un interés que sobrepasaba lo laboral?

Desde el día de la entrevista. Cuando me enseñó el lugar de trabajo había zonas en obras, donde estaban trabajando para abrir un área destinada a otros servicios complementarios. El caso es que me chocó que me cogiese del brazo, que fuera tan cortés para que no pisara mal, para no ensuciarme los zapatos, etc. Pero pensé que era por eso, porque era un hombre distinguido y mayor, con ciertos modales antiguos, pero no por ello iba a tomarme a mal, desde el principio, su “galantería”.

Un día, ya trabajando allí, me dijo que me cogiese de su brazo, que íbamos a dar un paseo. Yo, desde el principio, al verle como una persona mayor, de unos 70 años, le traté de forma condescendiente, aceptando su lenguaje un tanto brusco durante las reuniones. Lo quise ver siempre como una persona mayor, con sus pensamientos y un lenguaje un tanto machista.  

El caso es que ese día en concreto, de camino a una zona de la finca donde está la empresa, empezó a hablarme sobre mí, sobre que él estaba convencido de que yo había sufrido mucho en la vida, que lo veía en mis ojos. Le argumenté entonces de manera trivial que la vida no es fácil y que en los últimos años durante la crisis, millones de españoles habíamos tenido problemas, pero que todo lo que es dinero, es eso, dinero. Que hay que ser positivos y ver lo que la vida te va poniendo en el camino y saber ver las oportunidades y dar gracias cada día por una nueva oportunidad.

Entonces me habló de las ilusiones que él tenía puestas en mí, que me estaba empezando a ver con otros ojos, cosa que me desconcertó. Ahí fue cuando de una manera más directa comenzó a hablarme de las “relaciones naturales” que surgen entre los jefes y sus secretarias o ejecutivas subordinadas, sobre temas que debían entenderse confidenciales, me dijo. Supuse, ingenuamente, que el propósito de lo que él buscaba, era que con el tiempo me daría más responsabilidad para él ganar en tranquilidad. Ingenua de mí, quise verlo por el lado de la confianza y la lealtad que depositaba en mí. Pero la conversación fue derivando a otras connotaciones, me dijo que quería que juntos fuésemos dando pasos, tomando decisiones y que quería enseñarme cosas preciosas, a vivir la vida, a llevar ropa de diseño, a llevarme a gastar dinero en las tiendas, a lo que le respondí que yo siempre iba bien arreglada a mi trabajo, que no era necesario y que aquello que sugería no eran mis prioridades ni estilo de vida.

Siguió hablando de que las mujeres siempre se han puesto guapas para gustarles a los hombres, que sería capaz de llevarme a París, que quería enseñarme cosas preciosas… Llegó un momento en el que totalmente desconcertada y reconozco que con una risa nerviosa le pregunté que qué me estaba pidiendo, a lo que me contestó que “me lo pedía todo”.

Yo estaba estupefacta, con los ojos como platos, incrédula ante lo que estaba escuchando, fui apartando mi brazo del suyo, sutilmente,  y le dije amablemente que no sabía muy bien a qué se refería pero que él sabía desde nuestra primera entrevista que yo era una mujer casada, con hijos y que ellos eran lo más importante de mi vida. Él contestó que el matrimonio es algo que comienza con fuerza, que es bonito al principio, que luego llegan los hijos, que sólo te quieren para heredar fortuna, fortuna que él dejaría a quien le diese la gana y que la monotonía del matrimonio se lo carga todo. Intenté de nuevo derivar la conversación, no me podía creer lo que estaba viviendo en aquel momento. Finalmente busqué una excusa y me fui a la oficina, con la sensación de haberme metido en la boca del lobo y de haber ensayado un guión de película que nadie me había advertido que iba a caer en mis manos.

 

¿Qué detalles son los que te hicieron sentir más incómoda?

Ya estaba en alerta, le evitaba a toda costa, aunque me decía a mí misma que quizá era una mal pensada. Cuando llevaba dos semanas trabajando allí teníamos un evento muy importante y él quería que lo acompañase. Me busqué una excusa de trabajo, aunque me quedé dándole vueltas a que estaba desatendiendo una petición del propietario de la empresa y temía que aquello fuese en mi contra.

Cuando finalizó el evento vino a buscarme y me recriminó que no le hubiese acompañado. Me disculpé con que tenía trabajo que sacar adelante. Entonces me susurró al oido que había ido a buscarme porque quería verme. Un grupo de compañeros que estaba cerca se dio cuenta de aquello y nos miraban. Casi sin pensarlo le dije: “En estos momentos me está haciendo sentir muy incómoda”. Él dio un paso atrás, se disculpó y me dijo que no era su intención. Entonces me sentí bien por haber sido fiel a mi misma y no haber permitido que siguiese por donde iba, y a la vez me sentí mal porque yo necesitaba aquel trabajo y tuve la sensación que después de eso mis días allí estaban contados.

¿Cómo actuaste después de eso?

Distante, por supuesto. Evitaba a toda costa cualquier encuentro, paseo, reunión, cruce de miradas…. Pero él que es muy audaz, cuando tenía la oportunidad, en medio de una reunión de trabajo con terceros, justificaba cierta actuación suya o comentario que sabía que estaba fuera de lugar. Podía llegar a confundirte para que pensaras que eran “cosas tuyas” o  “que los tiros no iban por ahí”. Todo era muy desconcertante.

¿Qué te frenaba para no dar un portazo e irte?

Lo que me frenaba para no irme, es evidente, los ingresos fijos que llevas a tu casa a final de mes. Llevaba tiempo luchando como emprendedora y las que lo somos sabemos lo difícil que es emprender, hacerte un hueco y trabajar sin horas y a deshoras, sabiendo que el retorno de la inversión de tus esfuerzos no llegan precisamente rápido. En ese trabajo hacía lo que me gustaba y no estaba mal pagado. Creí que era mi momento y que había sido una suerte encontrarlo. Pero mi gozo en un pozo.

¿Se lo contaste a alguien?

Decidí contárselo a una compañera, una chica maravillosa que llegó una semana después que yo. Aún no la conocía mucho, pero es de esas personas con las que desde el principio conectas, sabía que podría confiar en ella. Se lo conté todo porque creí que tenía mis días contados allí y a la vez, quería saber si a ella le había pasado algo similar con él. Con ella no había sido igual, aunque sí le incomodaba el modo de hablar durante las reuniones y lo grosero y violento que se ponía durante las mismas.

A partir de aquel día, ella se convirtió en mi mejor amiga, colega, compañera, mi gran soporte allí y mi paño de lágrimas. Era la persona que me comprendía y me aconsejaba. Nuestras charlas se convirtieron en un bálsamo para sobrellevarlo.

¿Cómo te sentías?

Me sentía absorbida. No desconectaba cuando llegaba a casa. Tenía todo el día ese tema en la cabeza. Apenas tenía hambre. Perdí una talla, ya estaba delgada pero me quedé en la 34. Fui cuestionándome día tras día, si realmente yo era necesaria en la empresa o solamente estaba allí como un indefenso animalito al que convenientemente alimentan y cuidan, esperando ser comido y que si finalmente no engorda o enferma, sacrificarla sin remordimientos.

Él cada día que venía a la oficina, nos decía que estaba perdiendo la ilusión por ese negocio y que cualquier día lo cerraba. Era muy ambiguo en su forma de hablar, pero yo sabía de lo que se trataba. Era muy desmotivador. Hasta me sentía culpable porque mis compañeros se pudiesen quedar sin trabajo.

En mi puesto tenía tanto volumen de trabajo que apenas me daba tiempo de respirar. Me desahogaba con mi compañera cuando lo necesitaba, pero en algunos momentos hasta pensé que podría vivir con aquello. Lo malo era cuando me iba a casa, en el coche, por las noches, cuando paraba me ponía a llorar. Él tenía un plan para mí que yo no quería.

¿Recuerdas algún capítulo concreto en el que sintieses el acoso en mayor grado?

Los comentarios eran a diario. Que si las medias que llevaba le volvían loco, que si el color de mis labios le provocaba besármelos, que mis ojos le decían cosas, que las piernas le temblaban cuando estaba yo a su lado, que si “mira cómo me tienes manchando el pantalón”… Además de lo verbal otra vez me abrazó muy fuerte y me besó los ojos. Me quedé paralizada. Volví a poner la excusa de que tenía mucho trabajo y salí huyendo de allí.

Llegas a desvalorarte como profesional y empiezas a creer que sólo estás allí porque él te desea. Mi autoestima ya había bajado considerablemente.

¿En qué afectaba en tu día a día su comportamiento en la empresa?

No estaba muy concentrada porque venía demasiado tiempo a la oficina a sentarse frente a nosotras y no me quitaba ojo, cuando yo le miraba me decía cosas en silencio, sólo moviendo los labios y yo simulaba no verlo y me daba hasta pudor que mis compañeros pudiesen darse cuenta, me daba vergüenza ajena. Ahora pienso que tenía que haber aprovechado y ponerlo en evidencia delante de todos, pero entonces me quedaba bloqueada.

Me afectó a mi trabajo porque andaba nerviosa, no chequeaba correctamente las cosas y cometí algunos errores aunque no de relevancia para el buen funcionamiento de la empresa. Siempre actué con muchísima responsabilidad porque es algo inherente a mí. Por supuesto, en mi casa no era la misma y mi querida familia, tan comprensiva, lo achacaba a que estaba muy cansada y estresada por el trabajo.

 

¿Cuándo decidiste que no podías seguir allí? ¿Qué pasó?

Una noche le conté algo a mi marido, cuando digo algo, fue eso, poca cosa, para que no sufriera. Él me dijo que me había notado un poco distante, nerviosa, pero que al contarse eso ya lo entendía, que estaba como en otro mundo y que debía habérselo contado antes. Me dijo que tenía que dejarlo, que no pensara en los ingresos que no quería que tuviese que sufrirlo más. Menos mal que le conté “algo”. Fue como una especie de SOS para justificar y argumentar una dimisión inminente.

Al día siguiente, a mediados de diciembre, en cuanto llegó mi jefe a la oficina, le dije que tenía que hablar con él.

Nos fuimos a la oficina de al lado y le dije que dejaba el trabajo. Que allí todo era complicado, que no podía formar el equipo que se necesitaba con los pocos empleados que había, le dije que el negocio era una extensión de él mismo, que era todo muy ambiguo, así mismo le dije que yo no era la persona que él necesitaba, porque yo puedo darle mi mano y mi apoyo en todo lo que se refiere al ámbito laboral y profesional, pero no en lo personal, porque él esperaba algo de mi que yo no se lo iba a dar. Que ya había soportado más de lo que mis valores y principios me permitían.

Concluí mi exposición con la máxima de que para hacer eso hay que ser de una condición, no digo si mejor o peor, pero que yo no era de esa condición de mujer. Me levanté y volví a la oficina. Él le dio la noticia a mi compañera.

Se fue bastante confundido pero llegó la tarde, se sentó de nuevo en el despacho y me dijo que respetaba mi decisión aunque me pedía que lo reflexionara. Me pidió disculpas delante de mi compañera, por todo el dolor o daño causado, en lo personal y en lo laboral y que si decidía quedarme, no volvería a molestarme nunca más, que me daba su palabra de honor.

¿Cuánto tiempo aguantaste? 

Hablé con mi marido esa tarde y se lo expliqué todo. Él me dijo que lo que yo decidiera estaba bien, que si realmente yo creía en su palabra que me apoyaría en cualquier decisión. Hablé con mi compañera que había estado presente y me dijo que a ella también le habían parecido sinceras sus palabras.

Al día siguiente, mi jefe me preguntó qué había decidido y le dije que aceptaba sus disculpas.

En cuanto mi compañera se fue de vacaciones una semana más tarde, comenzó de nuevo la pesadilla y así estuve durante cinco semanas más. Al volver ella, directamente la despidió.

No podía dejar de llorar cada vez que él me preguntaba qué me pasaba. Cuando lo comprendíó, cogió el teléfono y volvió a llamar a mi compañera para que volviese al día siguiente a trabajar, argumentando que se había equivocado en su decisión. Comprendí que lo único que hacía este hombre era jugar. Estaba usando a mi compañera como moneda de cambio, como chantaje emocional.

Aguanté hasta que empezó a quitarme labores, a delegar mis responsabilidades. Volvió a echar a mi compañera y volvió a jugar conmigo diciéndome que si yo le pedía que ella volviese, volvería, por mí.

Esa última semana fue insoportable en todo lo que hacía o decía, sabía que yo no iba a entrar nunca en el aro que él disponía para mí y su táctica ya fue la de desvincularme, desacreditarme y desmoralizarme. Así acabó nuestra relación laboral.

Me pidió que reflexionara sobre estas palabras: “ Yo lo único que he querido de ti, desde el principio, es que te vengas conmigo cuando yo te diga, que comamos y bebamos juntos y lo que encarte, y que a la vez controles todo este negocio”. Me hizo entregarle el móvil de empresa y las llaves. Y eso ha sigo todo hasta hoy.

 

Cuando ya no estás allí te planteas denunciar pero tienes miedo…¿ Qué pasa por tu cabeza en ese momento?

Me duele que yo lo esté pasando fatal y él siga con su juego esperando a ver quién será la próxima víctima. Este individuo no da puntada sin hilo: todo lo que dice tiene su motivo, para amedrentar por supuesto, en caso de que se te pase por la cabeza denunciarle en algún momento.

Claro que he pensado denunciarle, poner pancartas en el exterior,  escribirle, publicar en las redes sociales qué depravado machista altivo y arcaico vive allí. Que todo el mundo supiese qué tipo de persona es, porque si algo  que le da miedo es lo que puedan pensar de él los demás.

Pero a la vez piensas lo bien posicionado que está, los contactos tan importantes que tiene, la gente que conoce en este sector que es el mío y el daño que pueda hacerme no solo a mí sino a mi familia.

¿Qué pasos has dado? 

Acudí buscando ayuda al centro de la mujer de mi municipio, pero las ayudas son muy limitadas. Hablé con sindicatos, aunque de poco me sirvieron porque yo trabajadora para él como autónoma y consulté también con alguna asociación de mujeres víctimas de abusos, donde me indicaron que es muy difícil probar estas cosas y que no tienen los recursos suficientes para ello.

He indagado y he visto el índice de denuncias que prosperan sobre casos de acoso sexual en el trabajo y de casi 2500 denuncias que se hicieron en años pasados, sólo 42 han sido sentenciadas a favor del denunciante.

Yo en mi caso tengo algunas grabaciones comprometedoras, pero aún así estoy muy indecisa.

¿Has buscado apoyo en los antiguos compañeros/as?

Por supuesto, y ha sido desmotivador y desmoralizante. Todo el mundo mira a otro lado. Todo el mundo te dice que sigas con tu vida, que pases página, porque “para qué voy a hacer nada enfrentándome a alguien que tiene todos los recursos y tantos contactos”, que “¿para qué voy a complicarme la vida?”.

Una ex compañera que sigue trabajando para él sí me contó que a ella le había ofrecido pagarle la hipoteca y comprarle un coche, pero que no pasó a más porque ella tiene un carácter muy fuerte, no como yo.

Dos mujeres más que han trabajado con él me han contado que también sintieron ese acoso, pero las dos han insistido en que siga con mi vida y lo olvide. Una de ellas sí me confesó que había tenido que ir al psicólogo.

Hace una semana me sorprendió una llamada: me llamó el que era su mano derecha en la empresa para preguntarme por qué me había ido, y se lo conté. Me dijo que ya lo sabía, que sólo quería confirmarlo, y que mientras que yo estuve allí trabajando mi jefe le había prohibido relacionarse conmigo, que entendiera que él también tiene hijos e hipoteca que pagar. Me recomendó no tomar ninguna acción contra él y que siguiera con mi vida. Me quedé de piedra.

¿Has hablado con algún profesional; psicólogo, abogado…?

He visitado a una abogada maravillosa y a un abogado amigo de mi marido. Estoy muy confundida. Lo estoy pasando tan mal que sin querer cuando les he contado mi historia como si fueran  psicólogos y no con la templanza de decirles qué quiero hacer en este caso.

Me han recomendado que vaya al psicólogo y que si pueden emitir un informe pericial de mi estado serviría para formular la denuncia.

Me frena el miedo a las represalias por parte de mi exjefe. Yo no soy una persona que tenga todos los recursos económicos que conlleva un caso como este ni llevarle a juicio, porque aunque ganase la primera vez, él recurriría y no hay que ser muy inteligente para darse cuenta de por qué yo soporté su actitud en el trabajo; simplemente por las circunstancias económicas. No puedo hacer frente hoy por hoy al dinero que se necesita para batallar. Y según las estadísticas, los abogados de justicia gratuita, con todos mis respetos, poco pueden hacer por la defensa de tus intereses.

 

¿Cómo es el proceso que estás viviendo actualmente?

Hay profesionales que te dicen que vayas al juzgado de guardia, otros a inspección de trabajo, otros que exija ver a un médico forense y otros no saben qué debes hacer porque realmente no existen unos mecanismos de defensa ante estas actuaciones.

Yo sigo con mi vida porque no tengo opción a descansar una temporada, quitarme de en medio y pensar en mí misma. Mi vida debe seguir, tengo una familia maravillosa de quien ocuparme y eso no me permite quedarme quieta para pensar. Además, de nuevo he puesto en marcha la actividad empresarial que dejé aparcada hace unos meses para hacer inmersión en esta empresa por la que di más de lo que merecía.

Aunque intento vivirlo con la misma ilusión de hasta hace unos meses atrás, no puedo contener las lágrimas, la desesperación o la indignación al recordar todos estos hechos. Aún tengo las heridas abiertas y creo que sólo empezarán a cicatrizar si esta persona recibe un escarmiento, aunque por otro lado, cuando se dice que la vida te pone en el lugar que te mereces, creo que la vida ya le ha puesto en ese lugar en el que sólo existe él y su miseria, porque sé que es un hombre al que a nivel personal y familiar nadie le considera, sólo aquellos que buscan su propio beneficio económico. Es lo único que tiene, dinero.

¿Te sientes apoyada?

Sí por mi marido y por mis hijas, mi hijo es pequeño para estas cosas. Por los compañeros, rotundamente no.

¿Qué es lo que más te indigna?

Me indigna que en nuestro país hay un grado muy alto de tolerancia ante estas actitudes sexistas, machistas y denigrantes.

Me indigna que hay un lado amable en la sociedad que se queda en campañas de concienciación con anuncios en televisión y radio en las que te dicen que no estás sola, que denuncies, que te solidarices vistiéndote de negro en los eventos, con hashtags famosos sobre “yo también lo sufrí” y demás… Pero que la realidad es otra, y las mujeres no estamos tan unidas como nos hacen creer que estamos.

Me indigna el lado morboso de querer ver qué actriz sale a la palestra con este tema, pero no salen a la luz casos como el mío, de mujeres que decidimos decir NO ante tales propuestas para escalar y que no tenemos los medios para abandonar el trabajo.

Me indigna que nuestra sociedad individualista se preocupe de querer vivir tranquilo/a y mirar para otro lado, no complicarnos la vida… No es éste el mundo que quiero dejarles a mis hijos, porque les educo en unos valores que realmente no les prepara para vivir en una sociedad donde nadie se compromete y nadie quiere luchar por los demás, porque es incapaz de ver que si lo hace lucha por toda la sociedad.

Me indigna que en los manuales de prevención de riesgos laborales no sea obligatorio añadir un apartado a la detección del acoso laboral y sexual y den a conocer los mecanismos que están a disposición de la persona para denunciar estas conductas sin temor a represalias.

Me indigna que, al igual que hasta hace unos años, respecto de los delitos de maltratos, que no se consideraban como tal hasta la primera sangre, pues que ocurra algo similar con el acoso sexual, que si no ha habido una violación carnal no se le da demasiado importancia a este tema y encima, siga existiendo ese pensamiento innato y machista de “algo habrá hecho, o cómo iría vestida o…sería de carácter débil, porque a mí eso no me lo hace/dice”

¿Qué vas a hacer?

Terminando esta entrevista y después de contar lo que pienso y como me siento, lo más coherente sería denunciarle, pase lo que pase, pero tengo que pensar tantas cosas; tengo una familia, una economía limitada y lo más importante, tengo que mantenerme muy fuerte porque si decido ir a por todas, voy a tener que escuchar por parte de su abogado, aberraciones sobre mi persona que me van a invitar a decaer. Es entonces cuando pienso de manera más general y cómoda: ¿Realmente tengo el deber y  la responsabilidad de denunciar estas actuaciones con los problemas que hay en el mundo como la pobreza, las violaciones sistemáticas de los derechos humanos, ONGs que utilizan los recursos económicos de donantes de buena fe para organizar orgías sexuales?¿ Me convertiré en una abanderada de los derechos de la mujer en el trabajo? Lo dudo. Como me dice una amiga mía de la época de la facultad de derecho : “Si denuncias, hazlo por ti y no por nadie más, porque esto no te convertirá en una heroína, tan solo podrá apaciguar tu dolor, en el mejor de los casos y menguará tu cartera”.

Hoy por hoy me decanto más porque sea el Karma el que decida sobre qué hacer con este tipo de personas.

Yo opto por levantarme de la caída, y a pesar de todos los obstáculos que siga encontrándome en el camino, mirar siempre hacia delante y usar ese aprendizaje para seguir viviendo esta vida maravillosa llena de buenas personas y grandes momentos.

Redacción: Ana Porras

 

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