Esther Molina

La conocí en uno de los foros que organiza Ángela Callejón. Coincidimos en la misma mesa. La tenía enfrente y recuerdo que hablamos bastante durante el almuerzo. Lo que no recuerdo es exactamente de qué hablamos además de la educación de los hijos. Esther Molina trabajaba por entonces en el Ayuntamiento de Málaga, llevaba la Dirección General de Promoción Empresarial y del Empleo. Pero de eso me he enterado en esta entrevista. En aquel momento me quedé con que se llamaba Esther, tenía tres hijos y trabajaba en un puesto directivo en el ayuntamiento. No más. Bueno, y que me había caído muy bien. Esas valoraciones que hacemos la mayoría cuando estamos un rato hablando con alguien. 

Después le perdí la pista, no volvimos a coincidir. Hasta que un día me llamó: “Soy Esther Molina. Nos conocimos en un foro de Ángela Callejón. Cuando vengas a Málaga avísame y nos tomamos un café”. Y así fue pasando el tiempo hasta que los astros coincidieron alineados en el universo de tal forma que ese café llegó. Yo, como siempre, corriendo, así que breve en el tiempo. Entonces me explicó que ya no estaba en el ayuntamiento y que estaba llevando un proyecto para el Obispado. Me habló de la Fundación Victoria, de la que es patrono, y de lo maravillosa que era la Casa Diocesana.

Por algún motivo en esa conversación salió la palabra cáncer. Y me contó que había superado uno de mama. “¿Sabes qué es lo peor, Ana? Cuando ya te curas y todo tu entorno vuelve a la normalidad menos tú. Porque ya no eres la misma”, me dijo. Aquello me dejó pensando. Aquello y algunas cosas más de las que hablamos. Voy a quedar de inculta o de paleta, pero es que realmente ahora vivo bastante ajena a la política local, supongo que porque en otro tiempo tuve exceso de ella. No sabía ni que Esther había sido concejala en el ayuntamiento de Málaga. 

 

Así que después de aquel encuentro cada una siguió su camino. Recuerdo que el día que la conocí en el almuerzo no se pudo quedar a la conferencia de después, porque tenía reunión en el ayuntamiento. En esta segunda ocasión estaba mucho más tranquila, más relajada, con otra energía, y eso se nota hasta en la piel. 

No sé si os ha pasado alguna vez que conocéis a alguien o alguien os cuenta algo y os quedáis pensando en eso. Pues a mí me pasó con Esther hasta el punto de que pensé que la quería entrevistar. Pero además, con los pocos datos que tenía. Otras veces me documento, pero esta vez no quise. Solo quería partir de lo que ya sabía. 

Y así lo hice. Quedamos a comer en Eboka en el centro de Málaga. De nuestro segundo almuerzo juntas, esta vez solas, salió esta conversación. Me encontré con una mujer que está en pleno despliegue de alas, comprometida y apasionada. ¿Hay una nueva vida después de enfrentarse a la palabra cáncer? La hay. ¿Hay  una nueva vida después de pasar por la política y desvincularse de ella? La hay también. Os lo aseguro sólo mirando a Esther a los ojos y comprobando como le brillan. 

Está llena de proyectos, de ideas a desarrollar. La vida está formada por etapas y en esta viene pisando muy fuerte y con mucha ilusión. 

Esther, ¿cómo llegaste a Málaga? 

Llegué a Málaga en el año 88. Soy de Cazorla, un pueblo de Jaén. Allí me críe y pasé mi infancia; una infancia de pueblo maravillosa y preciosa. A veces creo que deberíamos volver de vez en cuando a ese tipo de vivencias, de calle, de vivir con la gente. Sólo había  un colegio, había un instituto y no había más. Y allí crecí y allí me formé. Cuando empecé la Universidad, estuve un año en Granada. Después mi familia se trasladó a Sevilla, para que estuviésemos todos juntos. Y allí trasladé mi expediente, así que me terminé de formar en la Universidad de Sevilla. Estudié Derecho, pero siempre he tenido en el fondo vocación de economista, así que hice un máster de financiación tributaria.

¿La primera vez que sales de casa es para irte a la universidad?

Efectivamente, soy la mayor de cinco hermanos. Detrás de mí comenzaban todos la Universidad. Así que mis padres decidieron trasladarse a un lugar donde la familia pudiese seguir unida y mis hermanos pudiesen estudiar. Trasladaron el núcleo familiar a Sevilla.

Mi padre era Interventor de la Administración local, y acabó jubilándose en el Ayuntamiento de Sevilla como Interventor. Allí se ha quedado parte de mi familia, pero nuestra referencia y nuestro punto de encuentro sigue siendo Cazorla y la casa que tenemos allí.

 

¿Cómo llevaron tus padres el cambio del pueblo a una ciudad como Sevilla ?

Realmente bien, porque he tenido la inmensa fortuna de nacer en una familia acomodada, hay mucha gente que de eso se avergüenza. He tenido la suerte de que nos han educado mucho en valores, en valorar lo que la vida nos había dado.

Mis padres tenían carrera universitaria los dos; cosa que en aquella época tampoco era muy normal porque nacieron en el 35. Siempre han confiado mucho en que la formación era lo que nosotros nos iba a dar la libertad, las alas y la capacidad de tener un pensamiento crítico y de poder decidir en cada momento lo qué queríamos en nuestra vida.

Su adaptación fue fácil aunque renunciaron a una vida confortable o a su zona de confort, a su grupo de amigos, pero enseguida se integraron.

Cuando tú te estás formado, has visto mundo y lees, la vida es algo más fácil, porque tienes mucha más capacidad de adaptarte y sobre todo te da menos miedo a lanzarte.

¿Cómo llegaste a Málaga, Esther?, que al final nos hemos ido…

Curiosamente mi marido también es de Cazorla, pero él nunca ha vivido allí. Nos conocimos en Sevilla. Él es arquitecto y empezó a trabajar en temas de urbanismo y en planes generales de ordenación urbana en el ayuntamiento del Rincón de la Victoria, donde sigue.

Yo empecé a trabajar con el director del máster en su despacho, pero obviamente, ahí no había movilidad. Siempre he pensado que el trabajo es importantísimo, pero yo tenía un proyecto de vida que era prioritario. Así que tenía claro que la que me tenía que mover era yo. Pedí un préstamo de doscientas mil pesetas para ser exactos, que devolví más tarde, me vine y abrí un despacho. Era el año 88 cuando yo llegué a Málaga y nos casamos en el 91.

¿Qué tal la experiencia de llegar a Málaga sin conocer a nadie y montar un despacho?

En aquel entonces la vida profesional del ejercicio era más fácil. Había un grupo de empresarios que querían montar una Asociación de Empresarios del Juego y me propusieron que la formalizara, que hiciera los estatutos, y que llevara la gerencia de la asociación. Esa fue mi primera iguala y la tuve durante 17 años.

Después llevé la gerencia de la Federación Andaluza de Formación. Entonces llamé a la puerta de la Confederación de Empresarios y les dije que quería integrar a los asociaciones que llevaba en la Confederación y que quería formar parte.

Estuve en la Junta Directiva de la Confederación con cada una de las asociaciones que pasaron por mi despacho. Una de ellas fue Amupema. Ese fue un proyecto que me encantó. En aquel entonces estaba de presidenta Ana María García.

Vino a verme para pedirme ayuda. Amupema tenía la particularidad de que era multisectorial, y en aquel momento las cosas no iban muy bien, de hecho me advirtió de que casi no podían pagarme. Pero me lo dijo con tanta pasión que me ilusionó, y puse el domicilio de Amupema en mi despacho, modificamos los estatutos, empezamos a trabajar, yo como una más, en equipo, y empezó a crecer hasta que consiguió el local que hoy tiene en los bajos del mercado de la Merced. A partir de ahí ya empezó a volar sola.

Es una historia que me encanta, fue muy bonito, tuvo una implicación personal importante y además difícil, porque la Asociación de Juegos era un mundo de hombres y esto era un mundo de mujeres, multisectorial y con mujeres de distintas edades. Con lo cual, te encontrabas una mujer empresaria de 65 años con una peluquería y a una chica que había estudiado comunicación, periodismo o marketing con 24. La confluencia de esos intereses y de esa forma de pensar, era muy distinta, fue una tarea difícil. Después, al crecer el número de asociadas ya sí que permitió poder sectorizar la asociación para que cada sector obtuviera su respuesta.

El último proyecto que yo tuve en el despacho, fue la Asociación de Comercializadoras de Aguacate y Mango de la zona de La Axarquía. Fue una gerencia preciosa, porque formábamos parte de una asociación internacional presidida por Israel y estaban todos los países productores de aguacate como Sudáfrica, Brasil, Chile, Perú… Ibamos todos los años a Berlín a hacer logística, a trabajar una semana con la Cámara de Comercio, y entonces estuve colaborando con la Comisión de Comercio Exterior, también de la Cámara. Y esa fue a grandes rasgos mi andadura profesional de esos 24 años que tuve el despacho.

 

Y es en esos 24 años cuando nacen tus hijos…

Pues imagínate; ser madre, ser autónomo, sin familia aquí, y sin baja de autónomo… Fue muy difícil, la verdad. Pero se sale, porque ser autónomo tiene esa desventaja, pero también tiene la ventaja de que si te organizas, te permite trabajar para producir, no tienes que calentar una silla. Eso te permite gestionar tu tiempo.

¿ Por qué se acaba la etapa del despacho?

Ya colaboraba profesionalmente con la Confederación de Empresarios, y en un momento determinado de mi vida, me diagnosticaron un cáncer de mamá. Aquello supuso un paréntesis, trabajé hasta donde el tratamiento me lo permitió, y cuando el tratamiento no me lo permitió pues tuve que parar.

¿Cómo afrontaste el diagnóstico?

Afrontar una enfermedad que se llama cáncer, nada más que la palabra ya tiene una connotación muy negativa. Esa connotación es muerte, que es lo primero que se te pasa por la cabeza. Y es lo primero que se le pasa también a toda la gente que tienes a tu alrededor, ese miedo a que te vayas, a perderte, esa es la connotación que tiene esa enfermedad difícil.

Yo lloré lo que tuve que llorar, y después solamente me preocupé durante ese año de curarme. No me paré ni a pensar, no te da tiempo a pensar, porque cuando te diagnostican una enfermedad grave no eres dueño ni de tu tiempo, ni de tu cuerpo, ni de tu persona, ni siquiera de tu pensamiento. La medicina se dedica a curarte, no se dedica a tratarte, ni a interesarse por lo que estás pensando o pasando.

El problema viene después, cuando ya terminas el tratamiento, en mi caso con muchísima fortuna, con un pronóstico de vida del 100% prácticamente, pero había hecho un paréntesis en el que había soltado todo lo que tenía. Y te das cuenta entonces de que te tienes que incorporar a vivir, a tu normalidad, a tu deporte, a tus amigos, a tu trabajo, y en ese momento es cuando eres consciente de que has estado enferma, porque antes no te has podido permitir el lujo de asimilarlo. Cuesta mucho trabajo, es un momento que se vive muy en silencio porque todo tu alrededor lo que quiere es recuperar esa normalidad y tú ya estás curada. Así que para el resto aquí no ha pasado nada, pero tú no eres la misma.

¿Cómo lo vivieron tus hijos? ¿Qué edad tenían ellos?

Han pasado 11 años. Tenían 16, 14 y 8 años. Se lo contamos juntos mi marido y yo. Les dijimos lo que iba a pasar, cómo era el tratamiento y cuáles eran las consecuencias. Pero siempre partimos de la base de que me iba a curar.

El mayor se lo tomó bien, el pequeño también, pero el mediano lo sufrió más. Cuando empezó a crecerme el pelo me quité la peluca, ya me veía estupenda, pero él no quería que yo fuese al colegio a buscarlo con el pelo tan corto, porque era el signo externo de que su madre había estado enferma, y era como admitir que me había podido perder. De hecho, es un tema del que en casa no se habla, ellos no lo hablan abiertamente, lo hablo abiertamente yo, pero ellos no.

Cuando te das cuenta de lo que has pasado, tu carácter también cambia, se agría, te enfadas, te preguntas porqué tú… Te vuelves irascible y pasas una época que no eres muy comprendida en tus reacciones, en tu carácter, es una época mala.

Supongo que aunque estés curada ha habido un movimiento de cimientos dentro de ti…

Ha habido un movimiento en cimientos enorme. Siempre estas cosas se ven como lejanas a ti, pero cuando te pasan te das cuanta de que tú eres una más, que eres vulnerable y se te vienen muchas cosas abajo. Digamos que a mí me sirvió para reposicionarme. 

Fue un bofetón para darme cuenta de que la vida es tan rápida, vivimos tan rápido, nos paramos tan poco a vernos a nosotros, a ver a los demás que tenemos alrededor -que también es muy necesario- que nos dejamos llevar y vamos cambiando nuestras prioridades sin saber muy bien por qué…

 

Sin embargo es en ese terremoto interior, en ese momento de caída, de búsqueda, cuando aparece la política en tu vida…

Me apetecía un cambio y aparece la política en mi vida, y a eso me agarré. Había estado 24 años ejerciendo muy metida en el mundo de la empresa y por otra parte, había tenido mucho contacto con la administración local por mi padre y mis hermanos, la conocía bien por dentro. Así que me pareció precioso poner lo que yo sabía al servicio de los demás. Por supuesto, era también un medio de vida, evidentemente, pero desde el otro lado de la silla. Siempre había estado sentada con los políticos, ahora era yo la que se sentaba en la silla del político.

¿Quién te lo propuso?

Me lo propuso una compañera de por aquel entonces de la Confederación de Empresarios, hoy es concejala del Ayuntamiento de Málaga, y me entrevistó el alcalde. El alcalde me dijo directamente que me quería en su equipo, y me dio la Dirección General de Promoción Empresarial y del Empleo, un trabajo maravilloso. Esa etapa fue corta, tan sólo seis meses, a los seis meses hubo un movimiento en las listas. Por aquel entonces los alcaldes de las grandes ciudades podían nombrar personas que no fueran en listas como concejales. Yo entro en el ayuntamiento en junio de 2011, y en enero de 2012 me nombraron concejala, delegada no electa, no iba en lista. Se dieron una serie de circunstancias y entré yo.

¿Cómo fue esa etapa?

Fue una etapa maravillosa. Estuve un año y medio como concejala de Promoción Empresarial y Empleo. Cuando tenía enfrente a un empresario, a un autónomo, o a un profesional con un problema o con una demanda hacia la administración, yo sabía que esos diez minutos de visita, ese cuarto de hora o esa hora, eran vitales para su proyecto, para llegar a una solución, y esa sensibilidad la tenía porque yo había estado en su lugar.

Aprendí muchísimo, porque también aprendí a conocer la administración por dentro; y créeme que hay grandes profesionales dentro de la administración, grandes técnicos que trabajan muy en silencio, día a día para que todo funcione y para que todo fluya, y en eso no deparamos. Hay mucho trabajo detrás.

Un año después llegó una sentencia que declaraba inconstitucional ese precepto que permitía que los alcaldes nombraran concejales no electos y volví otra vez a la dirección general hasta marzo del año pasado.

En toda esa etapa estuve muy en contacto con el  mundo empresarial, fue una etapa muy bonita, pero con mucha dedicación, requiere un sacrificio personal grande. Lo haces sin darte cuenta porque cuando algo te apasiona y te gusta no te importan las horas, no te importa la dedicación y además no te das ni cuenta de lo que estás dejando atrás y ni de lado. Por eso creo que la política tiene que tener necesariamente un tiempo. Hay que renovarse, tiene que venir gente con ideas frescas, gente que también pueda aportar su experiencia, que tenga la oportunidad de decir algo y de aportar,  por eso creo que la política tiene que durar unos años nada más. Después que cada uno volviera a su actividad profesional anterior o al mundo laboral o a lo que quiera.

 

¿Qué es lo que menos te ha gustado de estar dentro de ese mundo de la política?

Lo que conlleva. Por ejemplo, me ha incomodado un poco el hecho de tener que acogerme  a una disciplina ideológica de partido. Muchas veces yo veía que algo se podía hacer de otra forma y el resultado iba a ser el mismo, pero el camino distinto. Pero no tienes esa flexibilidad de poder interpretar, sobre todo en la política local. Cuando hablas de política regional o de política nacional es macro política, pero cuando tú estás con el día a día de la gente, de los habitantes de una ciudad, la cosa tiene que ser mucho más dinámica, mucho más flexible y esa es una de las dificultades que me he encontrado.

Y luego hay gente como en todos sitios; unos me han gustado más y otros me han gustado menos. El mundo de la política en general necesita sanearse, debería haber más rotación, y es una crítica constructiva. Hay mucha gente dentro de la política que lo piensa.

¿Cualquiera que entre en política debería tener un plan B? ¿No se debería permitir que entrase alguien en política que no tuviera su vida más o menos establecida laboralmente?

No es cualquiera que entre en política debería tener un plan B, es que el que entre en política ya tiene que tener su plan. Y la sociedad debería ayudar a que ese plan pudiera pervivir mientras una persona vocacionalmente se ha dedicado al servicio público. Tú tienes una vida profesional anterior, te dedicas a la política durante 8 años, y después de ese tiempo, cuando vuelves al ámbito laboral tienes que empezar de nuevo.

Creo que deberíamos trabajar también esa seguridad de premiar y de reconocer que hay personas que dedican un tiempo de su vida a los demás, en este caso a la política. Por lo tanto, crear las herramientas para que esas personas vuelvan a integrarse en su plan, en el suyo, en el que ya tenían.

¿Es una etapa cerrada la de la política para ti?

Las puertas nunca deben cerrarse. Para mí ahora mismo es una etapa cerrada, pero es una etapa cerrada porque yo internamente tengo ahora otro proyecto.

No sé lo que la vida me va a deparar. Lo que sí sé es que cuando sales de un sitio hay que salir de forma elegante, siempre agradeciendo la oportunidad que se te ha dado, lo que has podido aprender, lo que has podido aportar y a partir de ahí, dejar la puerta y las relaciones abiertas para aportar, aunque sea desde otro punto de vista. Es decir, se puede aportar a la sociedad de muchas formas. No sé si algún día volveré o no.

¿Esperabas que llegase ese momento?

Estaba viendo que en mí misma empezaban ya a moverse cosas que me decían que era una etapa agotada. Tuve un empujón final para que la etapa estuviera agotada, porque se buscó otro perfil de persona, pero realmente yo en mi fuero interno tengo que ser sincera conmigo misma, y tengo que reconocer que yo empezaba a plantearme ya ese gusanillo de volver otra vez a mis propios proyectos, que además ya los tenía en mente.

Cuando tienes un cargo que te lo dan por confianza, la confianza llega un momento que se acaba porque el proyecto para el que se te designó se ha acabado, de forma justa o injusta, objetiva o no, o porqué hay interés en otro tipo de perfil, incluso eso directamente hay que asumirlo. Siempre dándole una salida digna a la persona y agradeciéndole el trabajo que ha hecho.

Y te encuentras con 53 años, con tus hijos con su vida hecha, y sin el despacho… ¿Qué pasa en ese momento en el que te vuelves a mirar al espejo después de lo vivido? 

Fue un momento muy gracioso porque empecé a picar sin sentido. Tengo un amigo al que quiero muchísimo, que el día que se produjo mi cese nos fuimos a comer juntos y me regaló un abanico… Me dijo: “Te lo regalo para que te abaniques durante dos meses, que te hemos echado mucho de menos estos años”. Y mi contestación fue: “Lo voy a utilizar este verano pero para protegerme del calor, no me puedo permitir el lujo de abanicarme”. No quería pararme, además no me apetecía. La vida continúa, la vida no para y tú tienes que fomentar esas relaciones que están en la calle. No quería desaparecer. Además, yo necesito nutrirte, entonces empecé a ir a conferencias, a ciclos, y todo lo que era interesante y se ponía ante mí. Me permití el lujo, el gran lujo durante unos meses, de observar y  de empaparme antes de tomar ninguna decisión. Esa etapa duró desde abril hasta septiembre del año pasado.

 

¿ Cómo aparece el Obispado y la Casa Diocesana en tu vida?

Es una historia preciosa. Conocí al Obispo y a su equipo precisamente siendo concejal. La Casa Diocesana, que está al lado del Seminario, requería una reforma. O se reformaba o se tenía que cerrar. Y eso fue lo que yo les trasladé. Hice de “poli malo”, aunque ellos, sin embargo, ahora dicen que fui su ángel, porque eso fue lo que motivó que todos nos pusiéramos las pilas.

Curiosamente ellos querían hacer la obra, pero no podían porque no les daban la licencia en Urbanismo. Yo por otra parte, que representaba al ayuntamiento les estaba diciendo que o hacían esa obra o tenían que cerrar. Aquello era un círculo vicioso, y lo único que se me ocurrió fue sentar a todo el mundo y que entre todos encontrásemos una solución.

Hoy día la Casa Diocesana es un proyecto maravilloso y lleno de posibilidades. En aquel momento de reuniones y trámites para encontrar una solución fuí conociendo más al Obispo y a su equipo, y cuando se enteró por la prensa de que ya no estaba en el ayuntamiento, me llamó. Habíamos hablado mucho en esa etapa y tenía una idea de cómo era yo como persona, además me conocía cómo me movía profesionalmente, así que me pidió que formase parte del equipo de la Diócesis. En junio tomé posesión como patrono de la Fundación Victoria, que es la Fundación que promueve enseñanza, que es un cargo orgánico, sin remuneración ni nada, pero muy bonito. Somos una serie de personas, seglares y no seglares que nos dedicamos a apoyar a la Fundación en ese proyecto de enseñanza. Son 30 los colegios concertados que tienen por toda la provincia.

Ya en septiembre, me pidió que me encargase de fomentar las relaciones con las empresas y las instituciones como una forma de acercar la Iglesia también a la sociedad y en eso estoy. A mí me tiene absolutamente enamorada, hay gente maravillosa y es precioso formar parte de esa familia. Además es un trabajo que permite compatibilizarlo con otros proyectos a los que les estoy dando forma.

¿Te sientes más libre que nunca a tus 55 años?

Sí. Es una edad maravillosa, porque con 55, con 45, o a la edad que aparezcan las circunstancias que ahora mismo han confluido en mí; experiencia laboral, mi etapa de madre en un momento en el que tengo más libertad y mucha más flexibilidad, y después la sabiduría de los años, que eso te hace ser más libre. Y por supuesto, importantísimo, la formación. La formación no la debemos olvidar nunca. Y además la formación es continua, se aprende cada día que te levantas… Y luego la gran suerte, la gran fortuna de poder elegir tu proyecto. Me siento mucho más libre, además es un proyecto que me permite vivir ; vivir profesionalmente y disfrutar de esa conferencia a la que antes no podía ir, de esa comida con amigos, de recibir a gente en casa, que me encanta, de unir gente, de vivir en el más amplio sentido de la palabra. Y poder hacer eso es un lujo.

Tenía un compañero de trabajo que cada vez que llegaba una noticia que afectaba a alguien decía: “¿Buena suerte o mala suerte, quién lo sabe?”. Y es cierto. A veces hay cosas que nos afectan y pensamos que es de manera negativa para demostrarnos más tarde que sólo nos traían un cambio que necesitábamos, aunque no éramos del todo conscientes de ello. Hay patadas que te impulsan hacia delante mucho más que una palmada en la espalda, y te impulsan porque te sacan de un lugar donde ya no tienes que estar. Gracias Esther por recordárnoslo. 

Redacción: Ana Porras  Fotografía: Lorenzo Carnero

Esther Molina

Jurista. Patrono-Relaciones Empresariales Fundación Victoria  y Casa Diocesana.

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Transcripción de audio a texto realizada por Atexto.com

Agradecimiento: Palacio Episcopal

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