“Derribando tópicos en el Siglo XXI”. Un “Día de la mujer” en el IES Jarifa de Cártama

Cualquier día de hace unas semanas. Son más de las 11 de la noche. No sé por qué motivo, pero a esas horas mantengo una conversación por WhatsApp con Tesi Romero. Y tampoco sé explicar por qué terminamos hablando de lo equivocados que están los alumnos y alumnas de su instituto, los prejuicios que tienen, los estereotipos sobre las mujeres. Me dice que para ellos una mujer es importante si es popular. En ese grupo se incluyen mujeres de futbolistas, concursantes de ‘Gran Hermano’, ‘Mujeres y Hombres y viceversa’…

Tesi fue compañera en la Televisión de Fuengirola. Llegó tras su paso como redactora para Informativos Tele 5. Un trabajo que no le permitía planificar su vida ni a un día vista, ni disponer de su tiempo, que la mantenía más horas de las deseadas en un coche de Granada a Málaga, Almería, allí donde hiciese falta, donde estuviese la noticia.

Pensó que un tele municipal la vida sería más tranquila. Es cierto que no eran horas de carretera a diario, pero eran jornadas maratonianas, y lo voy a dejar ahí.


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El equipo ganó, es una de las mejores profesionales con las que me he cruzado en mi vida. Pasaron los años. Y mientras planificaba su boda, un cambio de horario sin sentido la forzaba a trabajar hasta bien entrada la noche. “Yo no quiero esto”, decía. “Si quiero tener una familia no puedo estar a expensas de estos cambios de horario tan bruscos y repentinos”, reflexionaba. Le dio una patada a su vocación, la guardó en algún lugar y tomó la decisión. Durante dos años se encerró a estudiar unas oposiciones para enseñanza secundaria. Y como es un ejemplo de constancia, se las sacó.

Ha ejercido todos estos años su papel de profesora con pasión, involucrándose, haciendo de cada uno de sus alumnos algo con lo que comprometerse personalmente. Superando con creces los deberes que su cargo le otorgan. Un trabajo que compagina con su carrera como madre de dos niñas. Su empresa y su reto más importante en la vida.

 

10998656_10206042374087940_2367409885804797847_nSus alumnos la sorprendieron con una tarta el día de su cumpleaños

“Tenemos que hacer algo”, nos decimos en aquella conversación. Y en 20 minutos montamos la experiencia que ella os va a contar a continuación.

Me ha dado mil veces las gracias desde entonces y yo se las he dado a ella. Escribir un post sobre la mujer en la actualidad está bien,  hacer algo por intentar mejorar la sociedad y desmontar estereotipos os garantizo que está aún mejor. Posiblemente ni tú ni yo podamos cambiar el mundo de un tirón, pero si cada una se implica en su entorno cercano, con pequeñas acciones, no sabemos hasta dónde puede llegar el efecto multiplicador. En esta ocasión tuvimos la oportunidad de llegar a unos 130 jóvenes en tres grupos compuestos por alumnos de 3.º y 4.º de la ESO. No soy ejemplo de nada, pero sí he cometido errores que espero que al compartirlos con ellos, les ayuden en su momento a tomar decisiones más acertadas.

Por Ana Porras

 


Miércoles, 8:15 de la mañana. IES “Jarifa”, de Cártama, a escasos 20 km de Málaga capital. Hoy es un día de clase como otro cualquiera. Los alumnos arrastran los pies y bostezan cansados porque anoche, una vez más, se durmieron tarde por culpa de Instagram. La profesora corre escaleras arriba para llegar puntual y pide disculpas por sus cinco minutos de retraso al entrar en el aula de 4º de ESO. Hace media hora que dejó con los abuelos a sus dos hijas pequeñas,  vestidas, peinadas, con sus mochilas completas y el bocata para el recreo. En realidad, ya lleva hora y media corriendo. Pero no les cuenta nada de eso.

Los divide en grupos y les plantea una clase diferente, porque hoy, no es un día cualquiera. Hoy es 8 de marzo y se conmemora el Día Internacional de la Mujer. Alguien resopla. “Vaya rollo”, piensa uno. Otro sigue sumergido en un eterno bostezo. “¿Tendré ya muchos likes en la última foto?”, se pregunta alguien en la tercera fila a la vez que aprovecha una cabezada para echar un vistazo a las notificaciones del móvil que esconde bajo la mesa. La profesora hace como que no se da cuenta. Llama la atención a los dos grupitos que no paran de charlar por lo bajo.


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Venga chicos, despertaos. Y vosotros, calladitos ya, que hoy vamos a hacer algo diferente. Empezamos con un reto: ¿qué grupo es capaz de decir tres nombres de hombres y otros tres de mujeres que destaquen actualmente en España en todos estos campos?”. Despliega ante ellos un cuadrante: política, economía y empresa, deporte, cultura, televisión y medios de comunicación, arte, literatura y pensamiento. “¡Rajoy! ¡Susana Díaz! ¡Amancio Ortega! ¡Su hija!...” Empiezan a despertar. Recuerdan a Mireia Belmonte, los nombres se atropellan al llegar al apartado de televisión. ¡Cuántas presentadoras! Hay problemas para señalar mujeres destacadas en el campo de la economía y la empresa y en el de la literatura y el pensamiento. Sólo una alumna, ávida lectora, subraya la importancia de Laura Gallego en la literatura juvenil. Poco más.

Se cumple el pronóstico de la profesora. Pero trae bajo la manga un vídeo que, en menos de 3 minutos, habla de las 500 mujeres más influyentes de nuestro país en todos estos ámbitos y recoge afirmaciones muy jugosas de una veintena de ellas en torno al papel de la mujer actual y los retos a los que hemos de enfrentarnos en el siglo XXI. Termina con el ejemplo de Irene Cano, Fuencisla Clemares y Susana Voces, directoras en España de Facebook, Google y de Ebay, respectivamente. Se sorprenden. No sabían que había mujeres al frente de estas empresas tan importantes. “Ellas han roto el techo de cristal. ¿Cuál es tu meta?”, les interpela el vídeo como cierre. Se abre el debate. Además del “techo de cristal”, surgen otros conceptos como “renuncia”, “obstáculos”, “conciliación”, “empatía”. “A veces las mujeres también son machistas”, afirmaba una de las féminas del vídeo. Y los quinceañeros le dan la razón. Reconocen que suelen criticar a las que son demasiado “sueltas”, o a las que visten de determinada manera o a las que no cumplen determinado canon de belleza… Y reconocen también que no son tan duras a la hora de juzgarlos a ellos. “Bueno, yo pienso que a los hombres también se nos mete cada vez más presión en cosas como el aspecto físico”, reivindica un chico al fondo.

Llegamos al punto de inflexión de la actividad. “Os voy a enseñar tres fotos de mujeres y me tenéis que decir qué pensáis de ellas”. Silencio. “Vamos, sin miedo. Lo que hayáis pensado. Cómo son, a qué se dedican, quién tiene aspecto de madre…” Poniendo y quitando, sólo por una imagen, entre todos llegan a las siguientes conclusiones: la rubia no es madre, seguro. Es seria, muy formal. Tiene que ser abogada o una empresaria importante. Seguro que no tiene tiempo para tener hijos. La morena es… Peluquera o dependienta de una tienda de piercings y complementos chulos. Tiene cara dulce, como de madre, así que sí, debe de tener hijos. Seguro que si es niña le pone vestiditos monos y lacitos en el pelo. Y la tercera… Esa tiene toda la cara de maestra… De Plástica, además. Y también le pega tener hijos, pero un niño.

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No han dado ni una. Pero forma parte de la estrategia de la profesora, que ya se relame pensando en el colofón de la actividad. “Bien, pues ahora continuamos en otra parte. Nos bajamos al salón de actos, que allí hay alguien esperándonos”. Ellos no lo saben pero está a punto de comenzar un encuentro con las tres mujeres de la foto: “Modelos de mujer: derribando tópicos en el siglo XXI”. Así lo tituló cuando preparaba esta jornada, porque precisamente ese era su objetivo: derribar prejuicios, tópicos y estereotipos de hace décadas y que los jóvenes del 2017 aún mantienen, a pesar de lo mucho que ha avanzado nuestra sociedad en el último siglo. Quiere que conozcan que, además del ejemplo de su madre, su abuela o su tía, de sus profesoras o de la panadera y de las 2.000 chonis de Gran Hermano y MHYV, hay otras muchas maneras de ser mujer en este mundo que les ha tocado vivir.

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Al entrar en la sala, se quedan impactados ante la presencia en carne y hueso de las mujeres que acaban de prejuzgar. Y encima la profesora les pide que sean valientes y que se lo repitan a la cara, mirándolas de frente. ¡Qué marrón! Vaya corte, ¿no? Maestra, cómo te pasas… Pero sí, se atreven a reproducir en voz alta lo que pensaron sin conocerlas y ellas, generosas, sonríen ante sus ocurrencias.

La primera en hablarles es Ana Porras, periodista, directora de www.yosoymujer.es y madre de tres hijos. Resulta que no es tan seria como ellos creían y les capta la atención desde la primera frase. Empieza a hablarles de cuando ella tenía su misma edad. Vivía en un pueblo siendo “la hija o la nieta de” y lo que de verdad quería ser era, simplemente, Ana. Así que, en cuanto pudo, marchó a mil kilómetros de casa y se puso a estudiar Comunicación audiovisual. “No tengáis miedo a iros lejos de casa. Vuestra familia, vuestros amigos de verdad, vuestra tierra, siempre estará ahí para recibiros cuando queráis volver. Saliendo te enriqueces y sumas, nunca pierdes”. Soñaba con volar muy lejos. Cuanto más, mejor. Sería una gran estrella de la televisión, en México. Pero decidió cambiar una noche de estudio por una fiesta y, sin saberlo, lo que cambió fue el resto de su vida. Conoció a alguien, se dejó querer y acabó la carrera haciendo los exámenes de junio embarazada de siete meses. Sabía que tenía que despedirse de sus sueños adolescentes y rediseñar el camino contando con una maternidad que había llegado antes de tiempo. Lo esperable en la época era casarse con el padre de su hijo. Pero ahí demostró lo valiente que era (y sigue siendo) y decidió que no iba a seguir las reglas que le imponía la sociedad. Regresó a casa, encontró el apoyo de su familia y sacó adelante a su hijo, como madre soltera, adaptando sus sueños a la realidad. Sería periodista, pero tenía que conformarse con ser la cara más conocida de la televisión local de su pueblo. Menos es nada.

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Allí se sumó a un equipo de jóvenes de su misma edad. Veinteañeros que, con su carrera recién terminada, jugaban a protagonizar la serie “Periodistas” que rompía audiencias en la televisión nacional.  Sin cargas familiares, con todo el tiempo para ellos mismos y su importante profesión recién estrenada, no había horarios para el equipo y no pudieron entender que ella quisiera cumplir con su jornada de 8 horas, porque en casa la necesitaba un niño.  Tuvo que sufrir la incomprensión de sus propias compañeras, pero tragó las lágrimas y las perdonó porque sabía que algún día la entenderían. Cuando fueran madres.


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Siguió “encerrada” durante 16 años en ese trabajo que, sin terminar de llenarla, era mejor que nada. En ese tiempo, intentó completar su faceta personal y apareció el “príncipe azul” que podría hacer de padre para su hijo y de marido perfecto. Había cosas que no terminaban de convencerla, pero confiaba en que podría cambiarlas con el tiempo. Demasiado  pronto llegaron dos hijas más y aquellos pequeños detalles que no le gustaban antes de casarse se convirtieron en otros problemas que hacían la convivencia imposible. Dicen que en ocasiones hay que tocar fondo para coger fuerza y emerger a la superficie. Encontró la salida en un especialista que la puso ante el espejo y la convenció de que tenía que volver a encontrarse a sí misma como mujer, a la Ana anterior a la maternidad, que vivía en un mundo repleto de sueños por conquistar. Había olvidado lo valiente que era. Y abrió los ojos, miró a su alrededor y vio a muchas mujeres, también valerosas, que habían superado con éxito situaciones parecidas a la suya. Y dio el paso de volver a estar sola, pero ahora con tres hijos.

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Creía que ya nada volvería a romperle los esquemas. Después de lo vivido, ya nadie podía sorprenderla. Hasta que se topó de bruces con la historia de amor que ella misma, como mujer, también había criticado cuando veía en las revistas a Madonna con el último novio de turno. Mujer madura con hombre mucho más joven que ella. ¡Pero de qué hablarán! ¡Será asaltacunas! Sin embargo, ahora la protagonista de esa historia era ella y resulta que ese aparentemente inofensivo joven iba a remover sus cimientos y provocar el auténtico Renacimiento de aquella Ana que se quedó sin sueños.  Dejó la seguridad de un trabajo estable y apostó por su proyecto profesional, que hoy, querido lector, estás leyendo y con el que está intentando arrancar.  Y en ese punto cierra su relato con este consejo: no tengáis miedo, luchad por vuestros sueños con valentía y, sobre todo, no juzguéis a los demás. Respetad todas las opciones porque lo verdaderamente importante en la vida es que todos, hombres y mujeres, tengamos la posibilidad de elegir en libertad aquel camino que nos hace felices. “En unos meses, me caso con la persona más maravillosa que jamás he conocido y organiza mi boda, Sira Antequera”.

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Un fuerte aplauso rompe el silencio de la sala, en la que no se ha escuchado una mosca durante toda la intervención.  “Qué callados están hoy”, se sorprenden los profesores que asisten al encuentro. “Esta historia no la supera la siguiente”, piensa alguna alumna que sigue aplaudiendo y prejuzgando sin saber.

Y empieza a hablar Sira. Lo primero que notan es su acento madrileño. Su voz es más grave y su tono, sereno. Habla con pausas profundas y sonríe mientras se define como una niña buena que creció pegada a un libro de instrucciones. Siempre tuvo claro que debía seguirlo porque sus padres ya tenían bastante problema con la enfermedad congénita que pronto dejaría ciegos a sus dos hermanos pequeños. El silencio de la sala se transforma en estremecimiento. Tiene a la audiencia en el bolsillo.

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Ese libro de instrucciones le dijo que tenía que sacar muy buenas notas y lo hizo. Era buena en todo y especialmente brillante en las áreas artísticas y creativas. Pero la siguiente regla decía que tenía que buscar una profesión seria y estudió Derecho. No disfrutó ni un solo día de los cinco años de carrera, pero su manual de instrucciones no decía nada sobre eso, así que siguió adelante con la tercera regla. Y pronto se le abrieron las puertas del mundo empresarial e igual de rápido vieron sus superiores las capacidades de la futura superwoman en la que iba camino de convertirse: autoexigencia y responsabilidad extremas, alta productividad, entrega absoluta… Llegaron los ascensos.  Y de un puesto a otro, empujada por el éxito, la niña perfecta que seguía a pies juntillas su libro de instrucciones se encontró trabajando 16 horas diarias, de lunes a sábado, cogiendo entre 6 y 10 vuelos semanales y dirigiendo las vidas de 4.000 personas que estaban a su cargo como responsable de Recursos Humanos de una gran compañía. Ella, que era nieta de juez y que se había jurado a sí misma que nunca decidiría sobre la vida de nadie, resulta que cambiaba los destinos de personas a las que no conocía, que podía incluso firmar el despido de 100 empleados que, podían ser estupendos trabajadores y magníficas personas, pero que no eran rentables para la empresa en ese momento. Y así, siguiendo criterios como una fecha de nacimiento, una titulación o la antigüedad en la empresa, se acordaba quiénes tenían que entrar o salir, fríamente, en un momento. Solucionaba crisis, deshacía entuertos. Qué buena es. Llegará a lo más alto. Lo próximo, el Consejo de Administración. Para ella no hay techo.


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No sólo tenía éxito en el trabajo, también era afortunada en lo personal. Se había casado con su maravilloso novio, que la acompañaba desde jovencita y que se había convertido en el yerno, cuñado, amigo y marido perfecto. Pero algo no cuadraba en su interior, se sentía sola en su trabajo, cansada físicamente, sin sonrisa. Madrugar tanto la estaba apagando. Hasta su madre se lo decía: “Nena, no te entiendo, lo tienes todo y estás amargada”. Buscó en el manual, pero tampoco traía capítulo sobre eso.

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Un día la despertó un terremoto: su marido había sufrido un accidente y su vida estaba en riesgo. Todo se vino abajo. Entre los cascotes, perdió el libro de instrucciones y Sira tuvo que buscar nuevas reglas, pero esta vez desde dentro. Como siempre, tuvo éxito. Mirar en su interior fue todo un acierto porque descubrió la causa de su tristeza: el libro de instrucciones no la había hecho feliz porque sólo contemplaba lo que los demás esperaban de ella. Si buscaba lo que verdaderamente quería, encontraría el camino hacia la felicidad…

Estaba  frente a una nueva crisis que resolver pero esta vez no era en la empresa, sino en su vida. Echó mano de sus recursos como alta ejecutiva y plasmó la situación en el papel adecuado. Era hora de rellenar el análisis DAFO más importante de su vida (“es un documento con el que analizas los pros y los contras de cualquier situación ante la que debes tomar una decisión”, traduce a los niños, que siguen embelesados su clase sobre la vida como empresa). Y allí escribió que no quería volver a madrugar tanto, ni a decidir sobre la vida de personas a las que no conocía, y que lo que más le gustaba en el mundo era el arte y que su creatividad explosionaba cuando podía trabajar a partir del atardecer, como ave nocturna que era.  Y entonces lo tuvo claro: voy a dejar esta profesión.  “Pero hija, ¿te has vuelto loca? – se espantaba Mamá –  ¿Vas a tirar por la borda todo lo que has conseguido? Y ¿qué vas a hacer ahora?”. No tenía respuesta. Contenía la respiración y mantenía el tipo explicando a la familia que no perdía nada, porque llevaba consigo mucha experiencia. “Hija, haz lo que quieras, porque todo lo haces siempre lo haces bien”, sentenció Papá. Y Sira respiró aliviada.

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Una vez más, sus padres la dejaban elegir en libertad pero, por primera vez, iba a hacerlo sin seguir ningún libro de instrucciones. Lo haría siguiendo su instinto. Y así, con su DAFO bien repleto de debilidades y fortalezas, llegó a la conclusión de que quería diseñar bodas y, “desde abajo, con sus dos manitas y mucho esfuerzo”, aprovechó todo lo que había aprendido trabajando para los demás y lo puso al servicio de su proyecto. Y así se convirtió en la primera Wedding planner de España y es un referente nacional en la organización de enlaces que atienden a personas como nunca nadie lo había hecho.  Y mientras planificaba bodas de ensueño, deshizo también su matrimonio con un hombre maravilloso al que conserva como amigo. Y ahora tiene sonrisa y es feliz. Y tiene otra pareja… “Por cierto, – concluye – no he tenido hijos, pero nunca quise tenerlos. Sabed que cualquier elección que toméis en la vida, requiere una renuncia y mucho  esfuerzo. Buscad lo que os hace felices y poned el corazón y las tripas en hacerlo lo mejor posible. Así siempre tendréis éxito”.

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De nuevo un aplauso parte en dos el silencio de la sala y envuelve la sonrisa de Sira con el reconocimiento de los jóvenes. Esto ya no puede ir a mejor. ¡Y aún queda otra!

Ada Gómez se presenta tímidamente y nos engaña a todos. Su sencillez y humildad la hacen mostrarse como alguien pequeño y nadie sospecha que falta la guinda de este gran pastel que hoy se cocina en el centro. Ella era una chica normalita, no especialmente brillante en los estudios. Le gustaba estar con la gente, el aire libre, hacer deporte… No tenía grandes sueños, ni se veía especial (su voz y sus gestos delatan que sigue sin verlo). Estudió en el instituto porque todos lo hacían y decidió ir a la Universidad porque también era lo normal. No tenía ni idea de a qué dedicarse y tenía que decidirse por algo. Hasta que visitó a una amiga que estudiaba INEF (Educación física) en Granada y vio a un grupo de alumnos jugando al fútbol por un lado. Y a otros practicando otro deporte en otra zona del campus. Y todos planificaban rutas de senderismo o de esquí para el fin de semana. Y encontró su sitio. Definitivamente sí, deporte y actividad al aire libre era lo suyo. No se esperaba que también habría mucho que estudiar, pero “a lo hecho, pecho, Ada” y se esforzó por conseguir su título.

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Al acabar la carrera, la salida lógica era ser profesora de Educación física, pero le bastó un día al frente de un grupo de alumnos que rechazaban la gimnasia para darse cuenta de que ese no era su camino. Entonces conoció a un chico que era guarda forestal . Se dedicaba a vigilar los bosques de la zona para prevenir incendios y colaborar con los bomberos cuando había que sofocarlos. Ada nunca se había planteado que su vocación era apagar fuegos, pero se preparó físicamente (aún más) y se sumó al retén y encontró entre hombres la profesión que la ha convertido en una gran mujer que, paradójicamente, se muestra pequeña. “Me preparé pruebas físicas y teóricas y, hoy día, soy bombero”, dice, como si fuera poca cosa. “Bombero-maruja”, apostilla, porque tras su turno de 24 horas en el Parque de bomberos de Mijas, donde tiene su plaza, cuida durante los siguientes tres días de su casa y sus dos hijos, como cualquier madre. “Hago la compra, las tareas domésticas… Bueno, también entreno para competir en triatlones, que es mi principal afición”, vuelve a comentar, quitándole importancia.


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Nos reímos cuando cuenta cómo fue su primer día de trabajo en el parque de bomberos. A un lado los camiones. Qué grandes.  Al otro, los equipos. Esto para qué servirá. Bienvenida. Te quedas las próximas 24 horas de guardia. Pero ninguna indicación sobre cómo funcionaba todo aquello. Afortunadamente, en las primeras intervenciones, sus compañeros le permitían observar y aprender a moverse ante el riesgo sin resultar herida. Pronto formó parte del equipo.

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El relato se torna más serio cuando nos lleva al día en que una llamada les alerta de que alguien se estaba ahogando. No parecía una alarma con mucha credibilidad, porque sólo llegaba por parte de una persona y, normalmente, siempre se reciben varios avisos. Pero la obligación les llamaba y allá fueron. Algunos testigos señalaban desde la arena un punto casi imperceptible entre las olas, a unos 400 metros de la orilla. Ada y su compañero se lanzaron al agua sin pensarlo. Caía la noche. No veían mucho y pronto, la oscuridad los sumergiría en la nada. Pero por suerte alcanzaron a tocar algo. Era un hombre, hipotérmico y al límite de sus fuerzas, a punto de lograr su objetivo de quitarse la vida. Ellos actuaron rápido y lo impidieron. Y, a día de hoy, ese hombre aún pasa por el parque de bomberos y les agradece el esfuerzo. Así, como si nada, nos cuenta que su mayor logro profesional ha sido salvar una vida. Simplemente eso. Y que se siente parte de un gran equipo. “Todos hacemos de todo. Hay cosas que mis compañeros hacen mejor que yo y yo hago otras mejor que ellos. Pero todos somos iguales y necesarios, porque nos complementamos. No me ponen trabas por ser mujer. Jamás las he sentido. Porque todos, hombres y mujeres, podemos hacer lo que queramos si nos lo proponemos”.

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Tercer y último aplauso emocionado de la mañana. La profesora ha acertado y consigue lo que buscaba: abrir sus ojos y sus mentes. Pero ellos, como siempre, la sorprenden y hacen mucho más. Abren sus corazones y se llevan a casa la mochila cargada con las historias de tres mujeres que hoy, en una hora, les han enseñado más sobre la vida que en veinte clases de su asignatura.

Todas las fotos de este artículo están hechas con móvil. Pero creo que las fotos aquí son lo de menos. Le pido a Tesi una foto suya para la ficha: “Ana coge alguna de mi Facebook. No tengo. Siempre soy yo la que hace las fotos a mi marido y mis hijas”.

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