El asco: caras pintadas con el color del rechazo

Abres el frigorífico, miras dentro y encuentras un recipiente metálico, cerrado y que no recordabas que estuviese. Enseguida te percatas que no es tuyo, que es una fiambrera que te dio tu madre hace una semana y media. Contenía pescado fresco, capturado por un vecino suyo, para que lo pasases por harina y lo frieses. Piensas que estará en mal estado y te dispones a abrir la fiambrera y tirarlo a la basura. Cuando quitas la tapa, el olor es insoportable. Te produce repulsión, rechazo, disgusto, asco. Es más, puedes notar algún tipo de sensación estomacal. A todo esto, arrugarás la nariz, elevarás el labio superior, posiblemente saques la lengua y emitas un sonido que se puede transcribir como “puaaahgggg” o “aaarrrgggghhh”.

Pero imaginemos otra situación: cena familiar, hijos e hijas, primas y primos, hermanas y hermanos (con cuñadas y cuñados de regalo), padres y suegros, abuelos y abuelas, perro, gato, periquito, etc. La sala donde se van a compartir las diferentes viandas tiene el tamaño justo para notar el hombro de la persona que está a nuestro lado. Son las 16h y todavía no se han sacado los aperitivos.

 

Entre todo esto, enfrente se sienta uno de los cuñados, conocido por su gran capacidad de atino a la hora de generar mal ambiente, ya que generalmente bravuconea de lo que ha hecho o ha dejado de hacer, de sus logros y de su poderío, cuando es un vago, aficionado a ridiculizar a su mujer (que es tu hermana), de regañar a los hijos de manera cruel, además de menospreciarles con frases típicas como: “Andresito, cuéntales a los tíos como te measte encima cuando te ladró el perro del vecino, jajajaja!!!” o “Yo siempre le digo a mi mujer que no le compre camisas con tantos colores al niño, que parece maricón”.

Ante la presencia de dicho personaje, todos mostráis rostros paralizados, pues sentís rabia con lo que está diciendo, pero como esa emoción será tratada en el próximo artículo, todavía no podéis expresarla. Sin embargo, por la puerta entra uno de tus hermanos con su novia. Saludan, revisan con la mirada a todos los presentes y, al llegar a susodicho personaje, los dos elevan el labio superior derecho de forma leve, pero visible.

El disgusto primitivo y el disgusto moral: un continuo evolutivo 

En las dos situaciones anteriores, tanto por el pescado podrido como por el cuñado fanfarrón, se generaron reacciones relacionadas con la emoción del disgusto o asco. Por un lado, con el hallazgo en el frigorífico, el asco experimentado es una emoción totalmente primitiva que tiene que ver con el rechazo a sustancias potencialmente dañinas para nuestra salud. Huevos en mal estado, suciedad en la cocina, heces, olores desagradables, son estímulos que generarán una emoción que nos motivarán a rechazar aquello que nos puede ser perjudicial. Sin esta emoción hubiésemos ingerido más de un alimento en mal estado o hubiésemos dejado que otros se hubiesen intoxicado.

En  estas situaciones, cuando algo nos produce rechazo, también generamos un acto comunicativo que todos van a poder entender. Recordemos, tal y como se dijo en los artículos anteriores, que nuestras emociones, además de motivarnos a realizar un tipo determinado de conducta, también tienen una función comunicativa para los otros individuos de nuestra especie, ya que es altamente adaptativo que así sea. De esta forma, no importa hablar ni tener la capacidad de hacerlo cuando nuestro cuerpo y nuestra cara informan de lo que estamos experimentando ante un alimento en mal estado. Todo el mundo nos entiende, pues nuestra expresión de disgusto es universal.

 

Hasta aquí todo parece bastante claro. Pero, ¿por qué se está afirmando que lo que provoca nuestro cuñado fanfarrón es lo mismo que provoca la naranja podrida? O ¿cómo podemos entender que la reacción ante algo tóxico sea la misma que ante algo de naturaleza más cultural y dentro del ámbito de lo moral?

Con dicho propósito, Chapman y colaboradores en 2009 (In bad taste: Evidence for the oral origins of moral disgust.) iniciaron investigaciones para poder determinar si aquello que llamamos disgusto moral tiene que ver con el disgusto más básico o primitivo y relacionado con la exposición a sustancias potencialmente nocivas para nuestro organismo.

Mediante el empleo de la electromiografía aplicada a la musculatura facial, comprobaron que la elevación del labio superior se producía, tanto ante fotografías que provocaban disgusto básico o primitivo como ante situaciones de injusticia. Es decir, aquellos disgustos sociales o inmoralidades  generan la misma reacción de protección, incluyendo la expresión facial,  que un alimento en mal estado, traduciéndose en nuestra cara, para que se entienda que aquello nos da asco, disgusto o lo rechazamos.

Por eso, cuando alguien nos cae mal, ponemos cara de asco. Cuando suena el despertador por las mañanas para ir al trabajo, levantamos el labio superior de un lado. Y no es que ese alguien o el despertador desprendan un asqueroso aroma. Simplemente repudiamos el significado que tienen para nosotros.

La cara de asco

Básicamente, las acciones faciales principales asociadas al asco, juntas o por separado, son:

  • Elevar el labio superior
  • Arrugar la nariz

Sin embargo, otras acciones se pueden dar, dependiendo del grado de disgusto que sintamos y del grado de comunicación que deseemos otorgar a nuestra expresión. Así, no será lo mismo tener que tirar el pescado podrido abriendo el envase, que tirarlo sin tener que exponernos al olor.

Tampoco será igual nuestra expresión emocional cuando intentamos disimular lo mal que nos cae alguien, pues intentaremos que nadie detecte movimiento alguno en nuestra cara. Muy al contrario a lo que dice nuestra cara cuando nos dedicamos a criticar a las espaldas a alguien del trabajo con el que mantenemos una mala relación. En este caso, hablamos sobre su manera de vestir, o su olor corporal, o comentamos lo sucias que lleva las uñas o como sale la saliva de su boca cuando habla, mientras exhibimos un rostro de rechazo sin reparo alguno: además de sonreír con malicia, seguramente sacaremos la lengua, o bajaremos el labio inferior (mostrando los dientes), o achinaremos los ojos, acompañando todo eso, entre risas, con algún “arrgggghhh”.

Lo mismo ocurre cuando algo no le gusta a nuestra hija pequeña, apartando la cara, sacando la lengua y cerrando los ojos.

En nuestra vida social, se tercia más importante detectar el disgusto en las personas que intentan disimularlo, pues ello no puede proveer de una ventaja a la hora de conocer qué está sintiendo ante nuestra propuesta, nuestra pregunta o ante nuestra presencia.

Supongamos que llevamos algunas propuestas a nuestra jefa de departamento. Es una persona reservada y no suele ser muy expresiva. Si de todas las posibilidades que presentamos, percibimos que hay varias que disparan una leve mueca de disgusto, jugaremos en un terreno más firme a la hora de elegir la opción más conveniente.

En el ámbito del día a día, en cualquier conversación, prestar atención a la cara de nuestro interlocutor no puede facilitar la interacción, pues podemos intuir con más acierto aquello que le desagrada. Es más, nos puede servir de guía para obtener información que deseamos conocer.

 

Por ejemplo, si alguien nos pregunta si sabemos algo de una persona determinada, podemos sentir disgusto por las siguientes razones:

  • La persona que nos pregunta nos aburre, nos cae mal o nos desagrada.
  • La persona sobre la que nos pregunta nos disgusta.
  • La pregunta nos disgusta, ya sea porque se relaciona con algo desagradable que ocurrió u ocurre con la persona objeto de la pregunta, o porque no queremos que se conozca algún secreto relacionado con la persona sobre la que nos preguntan.

En estas situaciones, si no queremos que nuestro interlocutor se percate qué nos genera su pregunta, recurriremos al disimulo en nuestra expresión facial. Pero siempre puede escaparse algo. En este contexto, lo más probable es que se pueda ver, de forma muy leve, la elevación del labio superior. Suele ser la más común. La segunda más común es arrugar la nariz, también de forma muy sutil. Las imágenes a continuación muestran expresiones de asco, algunas más sutiles que otras, que solemos encontrar en nuestro día a día.

En la siguiente imagen se puede apreciar una microexpresión de disgusto, camuflada en una sonrisa. Se trata de una situación bastante común, donde nos presentan a alguien y nos causa mala impresión inmediatamente. Solemos besar protocolariamente, pero nuestro labio inferior puede jugarnos malas pasadas.

Posiblemente, la microexpresión más fácil de detectar es la de la emoción de disgusto, pues desfigura el rostro de manera muy notable y nuestro ojo tiene tiempo de reconocerla. Pero lo importante aquí es ser capaces de darle la importancia que le corresponde cuando la veamos. Hay que pensar, en el momento de su detección, cuál es la razón por la que ha aparecido esa arruga de asco.

 

Por ejemplo, en el siguiente vídeo, el protagonista exhibe varias microexpresiones de disgusto. ¿Cómo se interpreta?

Pues por lo que va diciendo y como va eludiendo el tema a tratar (su relación con su anterior entrenador), podemos entender que no quiere entrar en materia. Es decir, que el tema le resulta molesto y, por ende, la pregunta también. Esto  haría referencia a las dos primeras expresiones. Pero atendiendo a la tercera, podemos ver que, al empezar a decir el nombre del entrenador, también se ejecuta una microexpresión de asco. Aquí podríamos entender que la persona de la que habla también le produce rechazo.

Ahora tratemos de recordar algunos momentos en los cuales hemos visto esta expresión facial cuando alguien nos está contando algo. Sería bueno valorar si era coherente con lo que dice o no. Si no lo es, posiblemente nos está ocultando algo.

Debe quedar claro que no es una expresión con ánimo de ser detectada. Es decir, yo puedo intentar comunicar que algo me desagrada, exagerando la mueca. No es de esto de lo que hablo. Me refiero a aquella mueca que, por el contexto, entendemos que no tiene una intencionalidad comunicativa, simplemente es una reacción que se da al tratar un determinado tema. Cuando no queremos hablar de algo, aparecerá la mueca.

 

No te miro con desprecio. Simplemente me das asco 

A menudo, en artículos relacionados con la Expresión Emocional o el CNV, encontramos fotografías donde la cara muestra la elevación unilateral del labio superior sobre la etiqueta de Emoción de Desprecio.

Si recordamos el último artículo dedicado a la sonrisa, el Desprecio es una emoción generada a partir de una comparación. El Asco se refiere a una emoción generada a partir de que algo nos genera rechazo y del cual nos tenemos que proteger. Coloquialmente solemos decir que despreciamos a alguien mostrando elevación unilateral del labio superior, pero desde la perspectiva que estamos tratando, el Desprecio se reservará a aquellas sonrisas o formaciones del hoyuelo unilaterales. La elevación del labio es Asco o Disgusto.

Por esto, el empleo de la etiqueta Desprecio para identificar una expresión de elevación unilateral del labio superior no es correcto. Tal y como Chapman y colaboradores recalcan en Things rank and gross in nature: a review and synthesis of moral disgust (2013), el disgusto moral proviene de un disgusto más básico o primigenio. Luego, la elevación del labio superior, unilateral o bilateral, se corresponde a dicha emoción de Disgusto, pues es una respuesta de comunicación de rechazo. Se trataría de una emoción subjetivamente negativa. Sin embargo, el Desprecio no tiene porqué ser una emoción negativa. Más bien lo contrario, pues el sujeto que vive dicha emoción se siente por encima de lo que está sucediendo. Tal es el caso de la madre que recibe alabanzas y cumplidos por lo hermoso que va su hijo en la fiesta de carnaval del colegio. Ésta mostrará una mueca de desprecio, sonriendo unilateralmente, pero que no tiene nada que ver con ninguna emoción negativa. Más bien todo lo contrario, se siente exultante y satisfecha.

 

Para acabar, os dejo con un vídeo donde aparece una microexpresión de asco. Está en bucle, con lo que podéis verlo repetido. Espero que la veáis antes de que finalice.

COPIB2 Francisco Campos Maya

Psicólogo y Experto en Comportamiento No Verbal y Detección de la Mentira.

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